Enero 2004

La educación es un privilegio

Lo que en muchos países se toma por sentado, en otros es casi una utopía. La educación, que consiste en el desarrollo armonioso de las facultades físicas, mentales y espirituales con el fi n de preparar al hombre para servir a la sociedad, es un privilegio del que no todos los seres humanos gozan. En efecto, el analfabetismo, que corre paralelamente a la miseria, es uno de los males que afecta a la sociedad de nuestros días. Continentes enteros tienen una elevada tasa de personas que son incapaces de leer y escribir. Esto afecta también la divulgación del evangelio ya que el estudio de la Palabra de Dios es invalorable para el crecimiento espiritual.

En Africa, donde el procentaje de población infantil es muy elevado, no deja de ser chocante y hasta doloroso ver que la educación es realmente un lujo que pocos se pueden dar. La gracia de Dios hizo posible que

recientemente visitara algunas escuelas en el Congo y deseo compartir con vosotros esta experiencia. Esta historia seguramente se repite en muchos países africanos donde ni siquiera la enseñanza primaria es gratuita.

UNA VISITA A TRES ESCUELAS EN LUBUMBASHI

Nos encontramos en la República del Congo (ex-Zaire). Una vuelo de tres horas y media nos lleva desde Kinshasa, la capital, a Lubumbashi, en la parte sudeste del país. Como esta es una zona rica en cobre, la apariencia de la ciudad, comenzando por el aeropuerto, es más aceptable. Nuestros hermanos y hermanas están gozosos de vernos y también nosotros. Su hospitalidad y calor humano nos conmueve. Tienen algunos planes para nuestra estadía, entre ellos la visita a tres escuelas. Está lloviznando cuando bajamos del mini bus alquilado y cruzando un barrial, nos dirigimos a la escuela primaria que cuenta con 160 alumnos. Todos están afuera cantando para darnos la bienvenida. Dos alumnos se adelantan y nos leen algunas líneas que confirman el hecho que somos gratamente bienvenidos. Nuestra visita

 


parece ser un gran acontecimiento. Una niña se acerca y me extiende un ramo de flores de plástico. Después de haber visto bastante sobre la condición en la que vive la gente en ese país desvastado por la guerra, me temo que alguien se quedó sin comer ese día para que yo pudiera recibir esas flores. Tal pensamiento me hace sentir deseos de escapar, pero corro a Jesús y le ruego que me perdone y me purifique mientras me quedo allí y sigo toda la ceremonia.

Visitamos los salones de clase pisando en el barro. Hay unos pocos bancos y un pizarrón. Las paredes están desnudas. Los niños nos miran con ojos llenos de expectación pero no tenemos nada para ofrecerles, ni siquiera una promesa. En una clase cada niño tiene un libro. Hago un comentario positivo. La maestra nos dice que Unicef les proporcionó los libros y algún material, pero debido a que la infraestructura de la escuela era deplorable suspendieron la asistencia. La directora nos conduce a una pequeña oficina y nos pide que firmemos en ,,el libro de oro." Desearía mojar las páginas con mis lágrimas pero mis ojos están secos. Escribo algunas pocas palabras alentadoras y de consuelo mientras siento una gran frustración y hasta vergüenza. Nos informan que la mayoría de los niños son refugiados de guerra y no pagan. Nos leen una carta expresando sus metas y necesidades. Es evidente que nos ven como su única esperanza.

EN LA FRONTERA CON ZAMBIA

Subimos al mini bus y viajamos unos cincuenta minutos a un pueblo en la

frontera con Zambia. Son las 12.30 y nos cruzamos con algunos niños que ya regresan a sus hogares en medio del barrial. La mayoría están descalzos. Cuando nos ven corren de nuevo a la escuela y se reúnen en la iglesia que durante la semana sirve de salón de clase. Visitamos las aulas hechas de ladrillos fabricados por nuestros hermanos. Los pisos son de cemento y el techo de zinc. Nos cuentan cómo un hermano que los visitó desde Europa se sintió motivado para comenzar una campaña para ayudar a los niños del Congo. Gracias a su iniciativa muchos niños pueden asistir hoy a la escuela. Me conmueve ver que hay corazones que se enternecen ante tanta miseria.

Ni bien entramos, el coro se pone a entonar himnos. Los niños están amontonados en los asientos. Todos los ojos están fijos en nosotros, los extranjeros. Hay un par de niños que se parecen mucho. Deben tener unos tres años. Pregunto si tienen jardín de infantes. Me explican que esos niños tiene un atraso en el crecimiento debido a la desnutrición y que en realidad tienen seis años de edad. Hay una niñita muy simpática que me sonríe constantemente. Le devuelvo la sonrisa y nos pasamos el tiempo comunicándonos por medio de miradas y sonrisas mientras la ceremonia oficial tiene lugar. En esta escuela no me honran en manera especial con flores, tampoco hay un discurso preparado y ni siquiera tienen un „libro de oro" para que fírmenlos ,,VI.P." Quizá sea por ello que me impresionó más profundamente. Los maestros nos cuentan que los niños no


tienen ni siquiera lápices y que escriben todas las materias en un único cuaderno,. Los que pueden pagan 200 francos por mes (1U$ = 300 francos) y los maestros reciben U$7 por mes, equivalente a dos comidas para una familia de seis personas.

Subimos al mini bus después de tratar de sacarnos el barro de los zapatos. La niñita simpática nos sigue y continúa sonriendo, saltando y haciendo gestos que expresan su alegría y aprobación de nuestra visita.

VISITA A UNA ESCUELA SECUNDARIA

Volvemos a Lubumbashi para visitar una escuela secundaria. El edificio pertenece al gobierno que se los ha concedido sólo por un año hasta que construyan el suyo propio. Tienen ya un terreno y los ladrillos, pero necesitan apoyo financiero para terminarlo. Los estudiantes están en el patio y nos dan la bienveninda con canciones. Nuevamente, dos alumnos se nos acercan y leen un breve discurso de bienvenida. Una vez más recibo flores de plástico. Sé que son las flores más valiosas que hayajamás recibido y que las debo apreciar como tales. Pido al Señor que me haga atesorar estas experiencias en mi corazón. Nos conducen a la sala de profesores, donde nos leen un documento con todas sus peticiones: un edificio escolar, material didáctico, ayuda para pagar a los profesores, etc. Tienen 110 estudiantes pero sólo 51 pagan; la cuota mensual es de 1500 francos (5 dólares). El sueldo de los maestros es de 2.500 por mes (alrededor

de U$ 9). Visitamos las clases y uno de los visitantes pronuncia unas palabras de aliento a los jóvenes. Nuevamente nos llevan a la oficina a firmar en el Jibro de oro" antes de partir. Nos explican que la escuela es un campo misionero. Nuestro mensaje toca los corazones de los alumnos, los maestros que vienen en busca de un medio para sobrevivir también son sensibles al mensaje y muchos padres son convertidos por el informe de sus hijos. La educación en este país es un lujo y seguramente los niños no reciben un premio por sus buenas notas en la escuela, sino que el rendimiento escolar es su deber ante Dios y sus padres. En Europa, un niño me dio 5 Euros para los niños del Congo y algunas láminas con versículos bíblicos y figuras para colorear. Le entregué todo al coordinador de educación y le dije que era una donación especial de un niño y que yo deseaba que los niños fueran conscientes que con su dinero de bolsillo pueden ayudar para al educación de un niño en Àfrica y hasta pagar el sueldo mensual de un maestro, pero también deben saber que se trata de sueldos de hambre y que ellos mismos nunca querrían asistir a una escuela así (aunque quizá les haríamucho bien). Con respecto a las láminas para colorear, lamentablemente estos niños ven todo en blanco y negro. Alojados bajo árboles frondosos en medio de una hermosa naturaleza, desplazándose sobre un terreno fangoso que esconde tesoros de diamantes y metales preciosos, los niños congoleses viven una vida penosa, sin otra esperanza que tener un plato de


comida al día y eso sólo por la infinita gracia de Dios. La pobreza en ese país es casi un insulto a la belleza de su exhuberante vegetación.

CONCLUSIÓN

Hay tres continentes en una situación similar y sólo unos pocos países que pueden brindar alguna ayuda. Si bien es imposible erradicar la miseria, se puede hacer mucho si todos hacemos lo que hizo ese joven sin rostro y sin nombre que tenía cinco panes de cebada y dos peces, después de haber escuchado al Hijo de Dios hablar palabras de misericordia, amor y justicia celestial. (Juan 6:9) Seguramente había llevado esos alimentos para comer con su familia, pero no titubeó en dárselos a los discípulos de Jesús y fue testigo de uno de los milagros más grandes que se hayan realizado jamás. Todos nosotros hemos oido la voz del Hijo de Dios y Él nos dice que en el amor no hay temor.

No miremos lo que tenemos, aunque esto sea muy poco. No pensemos como tendemos a hacerlo a veces que lo que hacemos es tan solo una gota de agua en el océano, confi emos en el poder de Jesús para multiplicarlo. Animénomos a extender una mano de ayuda recordando la historia que nos cuentan los hermanos que ayudan a las escuelas del Congo: „Una vez un niño que caminaba por la playa vio muchas estrellas marinas fuera del agua y expuestas a los candentes rayos del sol. Viendo que si seguían allí perecerían, el niño comenzó a

tomarlas una por una y a arrojarlas al mar para salvarles la vida. Un transeúnte, al verlo le dijo que toda la playa estaba llena de estrellas de mar y era imposible que salvara todas. Lo que estaba haciendo no era en realidad muy importante. El niño continúo humildemente su labor y mientras arrojaba otra estrella en el agua le respondió: „ Para ésta es importante." Así será tu aportación para muchas almas que puedes ayudar. Aunque mientras estemos en esta tierra no podamos nunca ver los frutos de nuestras obras de caridad, el cielo lo revelará a su debido tiempo. Quiera el Señor derramar su Espíritu de misericordia sobre nosotros para que, como hizo el buen samaritano, nunca olvidemos lo que vimos y experimentamos. Amén.

-T. Corti